10.02.05.
Este es un caso real y, por
desgracia, muy frecuente en la vida cotidiana de muchas empresas y de numerosos
clientes.
La señora Pérez era asidua de
una conocida cadena de supermercados, que denominaremos “Mauro”. Cuando las
tarjetas de fidelización de clientes irrumpieron en nuestro día a día, los
directivos de la empresa decidieron modernizarse y ofrecerle a sus clientes
habituales una tarjeta propia. Así que la señora Pérez, encantada de las
facilidades y promociones a las que podía acceder, se hizo titular de una de
estas tarjetas. Durante 4 ó 5 años realizó sus compras con este
procedimiento, lo que le permitía ver lo que gastaba cada mes y llevar un
control de su economía doméstica.
Un buen día, los supermercados
Mauro fueron comprados por una empresa mayor, que poseía a su vez una completísima
red de centros comerciales. Los nuevos directivos, que no compartían la misma
opinión sobre estas tarjetas, decidieron renombrar todos los establecimientos
con su marca con la mayor rapidez posible, así como suprimir todas las
tarjetas de Mauro.
Y así fue como la señora Pérez,
que el día anterior había comprado en Mauro, y con su tarjeta de cliente,
llegó al supermercado, ya renombrado –en lo que no reparó- y llenó un
carro hasta arriba para su compra mensual. Al llegar a la caja y extender su
tarjeta, la empleada le dijo: “lo siento, pero esta tarjeta ya no es válida
en este establecimiento”. Imagínense el enfado de la señora Pérez, que no
llevaba otra tarjeta encima ni tampoco dinero en efectivo. Y a la que por
supuesto, nadie había tenido la delicadeza de avisar de tan importante cambio.
Es sólo un pequeño ejemplo de
lo que se podía haber arreglado con una simple carta. Probablemente la empresa
no reparó en ello. Quizá tampoco pensó, que los miles de titulares de las
tarjetas Mauro, podían ser sus primeros clientes “fidelizados” con la
nueva marca, lo que se hubiera conseguido con una simple llamada telefónica o
un simple escrito. Pero esto, que sucede a diario en numerosas empresas, hace
que los clientes estén descontentos, que los empleados no se sientan
identificados con el proceso de cambio, y que, en definitiva, la empresa vea
recortados a final de año sus beneficios.
Si en esa empresa hubiera una
persona dedicada a la comunicación lo más probable es que esto no hubiera
sucedido. Ya que este profesional se hubiera encargado personalmente de
“comunicar” a todos –trabajadores, proveedores, clientes, etc.- las
nuevas medidas.
Quizá si hablamos de la
importancia de la comunicación empresarial muchos dirigentes pensarán que el
tema no va con ellos. Pero si tienen un problema y se paran a analizarlo, lo más
probable es que detrás de todo descubran que se trata de, simple y llanamente,
una mala comunicación.